martes, 3 de abril de 2007

La Persistencia de la Memoria

…Y en la inmensidad de aquel jardín la niebla se volvió densa cortándonos el paso. El tiempo dejó de existir y el cielo y el infierno se fusionaron en un instante de duración indefinida. Mente y cuerpo, ahora separados vagaban por la planicie. Ahora la mente, en el mundo de las ideas se cuestionaba su propia esencia, objetivando todo a su paso. El cuerpo, carne y huesos reaccionando al ritmo de impulsos automáticos, frenéticos, se relacionaba con el entorno del mismo modo en que el entorno se relacionaba con él. El mundo, baile de elementos que se conjugan entre ellos, carnaval de arlequín en la mente de un pintor. La existencia y la carne manteniendo su lucha final, un viaje a través del tiempo, en el que no hay tiempo, sólo el ser, el ser estando, resguardado de la visión ajena, contemplando el contexto como quien mira un mapa, mirando un mapa como quien mira un reloj, preguntando la hora, como si acaso supieras la diferencia entre una y otra.
Lo mejor, la huida. Pasar de la tranquilad de la sabana al caos de la ciudad. Ámsterdam nos absorbía, nos exponía a merced de su público, apenas atentos a lo que en nuestra mente estaba pasando. La realidad a nuestro paso se transformaba, mutaba de estadio para entrar en lo desconocido. Las señales de alerta, siempre encendidas, nos hacían tambalear las cabezas con fuertes convulsiones, y guiados por el espíritu santo (contra el que sea tal vez la carne del trasero su peor pecado) sustituyendo al hilo, atravesamos el laberinto de Teseo, con nosotros mismos en el papel del héroe y del minotauro.
Llegar supuso el comienzo del fin, las piezas hasta ahora habían encajado perfectamente, cada elemento estaba en su sitio. La tierra giraba y nosotros con ella, éramos parte del mundo. Por primera vez nos sentíamos parte de algo en lo que habíamos estado siempre. Fuimos sustraídos de nuestro mundo de códigos, de nombres, para ser colocados en la inmensidad de un pensamiento de esencias, por la que tú sólo eres tú porque te pareces a ti mismo.
En la tranquilidad de nuestra jaula, el sueño poco a poco se fue desvaneciendo. Mientras el joven gato negro movía su cola, el tiempo fue poco a poco materializándose al ritmo de su movimiento. La luna que miraba nos estuvo todo el tiempo vigilando, con su sonrisa maliciosa, esa que sólo exhibe en la noche del lobo, aguardaba nuestro despertar para recordarnos que sólo nos habíamos… encontrado.