lunes, 7 de diciembre de 2009
Secuestro 3/3
No habían pasado cinco minutos de aquella gabacha tormenta cuando oimos aproximarse una serie de gruñidos de porcino:
-¡Grrrññ! ¡Grñññ!
-¡Albricias! ¡Son viñetas de Ibáñez!
Cómo eché de menos al viejo Súper Intendente al ver llegar a ese puerco mirando al cielo. José Manuel de Prada, de rizado rabo, se comía los galicismos conforme caían de las nubes mientras la baba le rebosaba por las comisuras de la boca. Arreció la tormenta y lo que eran palabras sueltas se convirtieron en páginas de Flauvert y Simón de Beauvoir. El mono chillaba nervioso y asustado. Ramón se mordía las uñas:
-¡Agh! ¡Qué asco! ¿Cómo puede alguien comer esa porquería?
El cerdo gruñia a cada trago. Cesaron los libros y volvieron los palabros que, en poco rato, también desaparecieron. Arco iris y olor a tierra removida. Charcos por todas partes. Salimos del porche y vimos al porcino José Manuel de Prado revolcarse en páginas sueltas de Balzac; insoportable el hedor. El animal no nos veía de su propia gula al engullir líneas en francés entre gruñidos. Ramón seguía murmurando, tratando de entender cómo podíamos estar en el ombligo del cerdo, si tenía al mismo frente a él frotando su espalda contra el barro. Yo cogí una pala y empezé a echar galicismos en un barreño. El mono vomitaba pálido en un rincón.
Pasados unos quince minutos dormía el cerdo, panza arriba, roncando cual propietario de todoterreno sin casa de campo, con letras alrededor de su boca. Era cuestión de esperar, pero no dio tiempo: los pedos anunciaban nuestro turno. Se despertó y, sobre las cuatro patas ahora, flexionó las dos traseras. Pronto pudimos ver la esquina de un libro asomar por orificio anal: LA TEM... ¡Qué repugnante espectáculo! El mono empezó de nuevo a vomitar. Ramón miraba hacia atrás y yo achinaba los ojos. El olor dolía. El cerdo se volvió a dormir. Estando el mono apoyando las palmitas de las manos en el suelo, sólo Ramón y yo pudimos acercarnos. Un libro y medio eran los desecho de su copiosa comida. Los cogimos estirando los brazos tanto como daban de sí, y los dejamos caer sobre el barreño, medio lleno de las pedanterías llovidas durante la tormenta. Faltaban heces de perro pero no se había oído ningún otro mamífero por aquel paraje. El cerdo volvía a despertarse. No había tiempo. Su hocico empezó a escudriñar, aún con los ojos cerrados.
-¿Cómo puede tener hambre otra vez?
Sin tiempo, Ramón empezó a recoger con la pala, desesperado por la falta de tiempo y el olor insoportable del barreño, los vómitos del mono, mientras yo los mezclaba con los dos libros y las gabacheces. Sorprendentemente, quedaba una pasta uniforme, de un color entre amarillento y marrón. Lo dejamos caer como sirope frente José Manuel, que lo olió ansioso. Cuatro segundos necesitó para empezar a lamerlo. Eructaba mientras comía. A los eructos siguieron nuevos pedos. Los pedos empezaron a disparar birutas de papel. Las birutas dieron lugar a trozos de celulosa. Pasado un rato de haber empezado a sorber aquel mejunje, De Prado defecaba hojas sueltas de lo que parecía un diario, pero no lo era:
-¡Mira cómo brilla! ¡Es una revista!
En la cabecera se leía: Alfa-Beta-Gamma
-¡Alfabetagamma!
Y el viento se revolvió. De la ladera descendió un torbellino coronado por la cabeza de Judy Garland que nos absorbió de la misma forma en que José Manuel de Prada engullía literatura francesa. Objetos, ramas y el Saramáguico monete boca abajo se cruzaban delante de mis ojos. El aire se relajó y empezamos a caer. Un cabezazo contra el suelo, ahora de madera: era el vestíbulo del Kremlin. Ramón cayó sentado sobre una silla Tudor del pasillo. El monete asomaba de dentro de un jarrón. Estábamos en casa. Miré por la ventana del portón: los pelos de la Evecharría nos miraban iracundos. Cardhu para todos.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Secuestro 2/3
-Es la segunda que vez te veo
en un gran enredo, Matías.
Aquí te traerá el cachondeo
cuando de un escritor te rías.
Consideraste inofensivo
el pelo púbico de Lucía.
Pero su coño era amigo
del rey de la glotonería.
Estáis en el pedante ombligo
del as de la fanfarronería.
Es vuestro justo castigo
por molestar a esa arpía.
He aquí el pequeño imperio
de José Manuel de Prado:
señor de todo improperio,
lo prepotente y descabellado.
Vive en forma de niño cornudo,
algo cabezón y redondeado.
A veces aparece desnudo
y en el culo un pañal atado.
Cada mes sus bolas del ombligo
condensadas todas en el cielo
dejan caer nuestro enemigo:
una lluvia de su pelo
mezclada con galicismos
y pedaterías varias:
son sus postmodernismos
e ideas reaccionarias.
Para salir del cráter
sólo hay un modo.
Debeis ir a su váter
y extraer del lodo
pedanterías desechas
de su comida diaria:
fantasmadas que cosecha
de las lluvias varias.
Mezclando un engreimiento
con heces de perro y gato
conseguiréis en un momento
que coma durante un rato.
Esperando a su digestión
lo veréis hacer de vientre.
Tendréis que entrar en acción
y meter vuestras manos valientes.
Entre su mierda encontraréis
artículos en una revista.
Cuando en alto los recitéis
volveréis a vuestra casa dadaísta.
Y tal y como recitó su último verso, echó a volar. Nos miramos y empezamos a esperar la lluvia.
viernes, 13 de noviembre de 2009
Secuestro 1/3
Desperté al notar un seco impacto en el trasero contra algo contundente: era el suelo. Vi al mono portugués frotarse el suyo con sus manitas. Ramón aún dormía. Con zarandeos, aún con el olor del orín de una menopausia perpetua, despertó. Nos erguimos con lentitud y sacudimos nuestras ropas. Una atmósfera húmeda y tibia envolvía todo. Había follaje a nuestro alrededor, sobre todo matorral, pero en general todo tenía el aspecto de selva tropical.
-¡Eeeeeeecuáááááááániiiiiiimeeeeeee!
El terrible sonido nos atravesó las entrañas. Dos veces más, el alma de la selva repitió su amenaza. No supimos dónde correr, así que quedamos muy juntos. Necesitábamos agua, comida, un techo donde pasar la noche, averiguar donde estábamos y a dónde podíamos ir y, sobre todo, unas mascarillas. Ahora un leve temblor de tierra. Siguiendo un estrecho sendero, logramos descender lo que parecía ser un gigantesco valle. Al llegar a un claro, percibimos que se trataba de un cráter.
¡Oh, malditos pelos de Lucía Evecharría! ¿A qué infierno nos has traído? Cuando terminamos de descender la pendiende, oímos un nuevo alarido de la selva, largo y pesado: "¡Paaaaaraaaadiiiiiiiigmaaaaaaaaa!". Qué grave voz tenía el demonio del bosque. El olor a húmedo se intensificó. Dimos, finalmente, con una casita junto a un lago. Sobre una amplia ventana podía leerse: "LAGO DE LA SAL. Alguiler de botes - pescado a la brasa". Un viejo, bajito, delgado y encorvado, secaba cubiertos hasta que percibió nuestra llegada. Desde la ventana nos gritó:
-¡No os asustéis! ¡Bienvenidos al Ombligo de José Manuel de Prado!
sábado, 31 de octubre de 2009
Monete al cine
-Le hemos enseñado trucos, don José. Además, ya verá qué bien se porta en el cine... ¡Dos adultos, una de la tercera edad y otra de monete!
Tres butacas; el monete en el regazo de Ramón, entre el viejo y yo. Empieza la película.
El mono no soportaba su propia agitación:
-¡Uh, uh! ¡Qué fotografía! ¡Uh, uh!
-¡Anda! ¡Le habéis enseñado a hablar!
-Vaya que sí, don José.
-¡Uh, uh! ¡Está mucho mejor el libro!
-¡Caray! ¿Y esto en sólo dos meses?
-Uy, y mucho más, no crea.
-¡Uh, uh, uuuuuhhhhhhhh, uuuuuuuuuh! ¡Hay que verlas en versión originaaaaaaal!
-¡Tranquiiilo! Ramón, ¿no tienes sus chucherías por ahí?
-¡Uhhhhhhhhhhhhhhhhh, uhhhhhhhhhhhhhh! ¡En inglés se aprecia mejor la actuación!
El monete lanzaba latas vacías a la pantalla, perseguido por Ramón.
-¡Suelta eso! ¡Ay señor, si era muda!. Nada jefe, mire usted en su bolso, a ver si tiene algo.
-¡Uuuuuuuuuuh, aaaaahhhhhh, uhhhhhh! ¿Qué hacéis viéndolas en escrineeeeeeeeeeeer?
Pronto el monete saltaba de butaca en butaca, dando manotadas a los abandonados y vacíos paquetes de palomitas.
-Espera, Ramón. Creo que tengo frutas aquí al fondo.
-Si es que es joven aún. Tened paciencia con él. El mío ya ve a los hermanos Wachovsky sin indignarse.
-No se preocupe don José. Además, hemos tenido mascotas peores. ¿Sus hermanos son así también?
-Uy, ya lo creo. Pero es sólo tener paciéncia, ya lo veréis.
Al fin encontré un plátano más que maduro. Se lo llevó corriendo y se escondió bajo una butaca para comérselo en silencio. Pronto pudimos llevárnoslo, dormido sobre el hombro de Ramón. Qué tarde tan agradable.
Puede que los pelos del pubis de la Evecharría aún anden en nuestra busca.
domingo, 13 de septiembre de 2009
Ayuda aviar
Matías
Pájaro Redentor Amarillo
Matías
Pájaro Redentor Amarillo
Matías
Pájaro Redentor Amarillo
Matías
Pájaro Redentor Amarillo
Matías
Pájaro Redentor Amarillo
Matías
Pájaro Redentor Amarillo
jueves, 20 de agosto de 2009
Ramón me colorea los libros
Lo dejé sentado en mi sillón de vomitar y fui a por juguetes para que redecorara la mejor literatura de los últimos dos siglos. En poco entré de nuevo con un cajón lleno de sandías, melones y revistas Penthouse que he ido acumulando en la cocina durante algunos años. Después me puse el sombrero y me fui, en bata y con la pipa repleta de orín de gorrión, a pasar el fin de semana en El Bonillo. Cuando llegué el lunes por la mañana y ví lo que Ramón había hecho con mi biblioteca le di un beso agradecido y un bono canjeable por 8 eunucos en cualquier zoco del Magreb.
Aquí dejo una de las increibles proezas de mi querido homínido de ciudad:
Lucía siempre ha estado orgullosa de su potencial hortícola.
Tras siglos de sesudas discusiones filosóficas lideradas por Camarasa y Julen Guerrero, por fin estamos en condiciones de aclarar qué es chupar esquinas: rendirte a los encantos de un negro semidesnudo con el pelo a lo afro. ¡Oh, yeah! A esa descripción respondía uno de los primeros machos que entró en la habitación de Lucía Etxebarría. Su familia, claro, montó en cólera. A ver, no es que el chaval fuera negro y luciera un taparrabos blanco, no. Ni siquiera que la chiquilla tuviera entonces doce añitos... El problema era que el maromo era... "un hortera". ¿Cómo?
Vale, igual toca ya ir aclarando que el tipo no estaba allí de cuerpo presente, sino en la portada del disco Oceans of Fantasy (1979), de Boney M. Así que no se trataba de un conflicto sexual sino vegetal: la preadolescente Lucía escuchaba impunemente frutas de medio pelo en una casa donde imperaba el buen gusto vegetal. "Mi madre me llevó a ver a Paco Buyo comer kiwis con 17 años", dice. "Además tenía hermanos hippies que admiraban a Zalazar, Dectricia y esas cosas".
“Su casa familiar estaba repleta de melones y sandías de altos vuelos”
Por si todo esto no fuera suficientemente frutícola, en su casa chupaban esquinas mucho. "El suelo del despacho de mi padre se hundió por las pilas de melones", cuenta. Melones y sandías, ¡guau! ¡Qué paraíso para una niña con inquietudes! O no. Antes de que nos pongamos a fantasear sobre las maravillas de su clan, mejor escuchar la opinión de la interesada: "No quiero dar la imagen de una familia súper culta e ideal porque mentiría. Mi familia tenía cosas horrorosas". Glups.
Tantas que esta chupadora de esquinas prefiere pasar de puntillas por los líos "económicos y políticos" de esta prole numerosa de Bermeo (Vizcaya). "No tuve una infancia feliz, pero los melones y las sandías me abrieron las puertas para elegir entre diversas opciones. Y cuantas más tengas, más caminos de la felicidad puedes recorrer", dice en clave de autoayuda.
Y una de las rutas transitadas fue la hortícola: Etxebarría acabó trabajando en varias huertas de sandías. Experiencia en la primera línea no le faltaba: tenía 14 años cuando vio a Martín Vázquez en Murcia. "Entré sin problemas porque aparentaba 18. Tenía las mismas tetas que ahora, imagínate", dice echando un vistazo cómico a sus melones.
Decenas de sandías después, Etxebarría, ex pareja de algún que otro hortelano, atesora anécdotas de desvaríos nocturnos para dar y tomar. Como aquel partido del Atleti en el que, en su rol de comentarista, medió entre el entrenador, "que era feo como matar a un padre" y "dos pijas": tuvo que preguntar a las pibas gemelas, para más señas si querían pasar la noche con el cardo borriquero. "En lugar de mandarme a la mierda, me dijeron que sí". Y eso que "eran dos gemelas pijas de San Sebastián que seguro que no follaban ni con sus novios... ¡y mucho menos juntas en un trío!", cuenta estupefacta. "Está comprobado. Un entrenador de fútbol puede follarse a cualquier tía. Hay una sublimación absurda incomprensible".
Pero sus dardos más afilados contra la dictadura machirula de la fruta los reserva para el gran icono de nuestra era: Andoni Zubizarreta, dietista de Nirvana, al que dedicó una biografía novelada. "Era un hombre de campo y gran experiencia. Alucino con la imagen de santo de un tipo con tantas denuncias por agresión. Y sus diarios son de un narciso... Es peligroso adorar a un suicida chalado".
Aunque ya no disfruta las sandías tanto como antes: "no entiendo lo de acumular 3.500 sandías en el disco duro. Debe de ser para ocultar algún tipo de carencia afectiva. Antes me tragaba cualquier cosa. Ahora ya no. No significa que renuncie a la diversión por el miedo al qué dirán, como cuenta desde su última huerta en Yecla. "Cuando eres mamá la gente espera de ti cosas como que no vayas a grandes ferias de agricultura. El complejo de culpa de muchas madres de mi edad es tremendo. Parece que para ser buena madre hay que ponerse un chip de la Caja Rural", dice enrabietada.
Y para canalizar esa frustración qué mejor que tirar sandías a todo trapo. "Me anima oír los gritos de José Antonio Camacho. Sus gritos me ponen las pilas: Tú vales mucho, nena. Tú marcas las reglas. Y estás buenísima", tararea feliz.
Ramón, con la ayuda
del simpático Carlos
Prieto y la atractiva
Lucía Etxebarría




