Antes de que Ramón y yo lanzáramos el cadáver y su soga desde la carretilla al contenedor, este pobre infeliz pensó mientras se ahogaba en cómo huyó llorando del colegio de secundaria corriendo en zig-zag, después de hacer explotar una docena de cuerpos tras lanzar la granada hacia el montón de cabezas que había dentro del aula; en cómo llegó al instituto sin poder pestañear durante los quince minutos que lo separan de su piso; en el llanto de mueca patética al leer la nota que su mujer le había dejado en la cocina, con los borrones de las lágrimas, explicándole que su vida ya no tenía sentido y que se marchaba definitivamente a Haití con el grupo de teatro a perroflautear la solidaridad. Todo eso pensó ese petimetre, pero antes, mientras preparaba su cuerda de Carrefour en la rama de uno de los árboles del Kremlin, mi casa, también se acordó de cómo ella llegaba llorando todas las tardes y pasaba de comer, de todas esas noches en las que terminaba por acostarse a las cuatro de la mañana dejando folios llenos de rimas, de cuando la acariciaba y la besaba y ella le rechazaba dándose la vuelta en la cama enfadada gruñendo lo cansada que estaba y cuánto tenía que madrugar. Pero además, en Carrefour, justo después de tener la feliz idea de joderme la sobremesa, pensó también en cómo un día ella llegó medio borracha de ensayar con los zánganos del grupo de teatro y gritaba riendo "¡Ya sé cómo hacer que mis alumnos aprendan literatura: con rimas! ¡Les gusta el rap! ¡Les haré canciones de rap sobre literatura española!".
Y la tapa del contenedor hizo "chun" al cerrarse, Ramón y yo volvimos al árbol y allí estaba ese gallino gordo y amarillo. Nos dio un cigarro. No dijo palabra.
miércoles, 28 de abril de 2010
sábado, 17 de abril de 2010
Tratamiendo de Jonás Chamicero #1
Estado inicial:
Chamicero sigue empeñado en acumular tanta mierda como le es posible.
Tratamiento:
Dos softonos de constitución fuerte aunque inteligencia mermada con ron Bacardi y coca altamente adulterada son introducidos en la celda. Esperamos reacciones.
Desarrollo:
Los softonos se muestran sociables e inician juegos con Chamicero. Éste gruñe. Los softonos le ofrecen la sollapa y el vino que acaban de encontrar en la celda. Chamicero se hace con todo y lo esconde en un rincón. Les trae a cambio minúsculos trozos de sollapa y algo de vino en un tapón viejo. Los softonos aplauden. Chamicero se quita los calcetines, les prende fuego, echa agua del retrete en el orinal y la hierve. La ofrece a los softonos, que la beben dando palmas. Al rato éstos expulsan mierda líquida por el ano y Chamicero lame golosamente los charcos de mierda caliente. Los softonos tratan de participar del coprófago festín pero son expulsados a patadas por el avaricioso Jonás.
Resultado:
Chamicero termina consumiendo todas las heces.
Conclusiones:
Pese a tener sollapa y vino de sobra para alimentar a más de 9 softonos, Chamicero no sólo rehúsa a disfrutar feliz de la comida, sino que se la arrebata a sus compañeros, impide su consumo y la deja pudrir. Para colmo, trata de extraer de los hambrientos jóvenes hasta el último gramo de materia fecal en sus delgados cuerpos.
Chamicero sigue empeñado en acumular tanta mierda como le es posible.
Tratamiento:
Dos softonos de constitución fuerte aunque inteligencia mermada con ron Bacardi y coca altamente adulterada son introducidos en la celda. Esperamos reacciones.
Desarrollo:
Los softonos se muestran sociables e inician juegos con Chamicero. Éste gruñe. Los softonos le ofrecen la sollapa y el vino que acaban de encontrar en la celda. Chamicero se hace con todo y lo esconde en un rincón. Les trae a cambio minúsculos trozos de sollapa y algo de vino en un tapón viejo. Los softonos aplauden. Chamicero se quita los calcetines, les prende fuego, echa agua del retrete en el orinal y la hierve. La ofrece a los softonos, que la beben dando palmas. Al rato éstos expulsan mierda líquida por el ano y Chamicero lame golosamente los charcos de mierda caliente. Los softonos tratan de participar del coprófago festín pero son expulsados a patadas por el avaricioso Jonás.
Resultado:
Chamicero termina consumiendo todas las heces.
Conclusiones:
Pese a tener sollapa y vino de sobra para alimentar a más de 9 softonos, Chamicero no sólo rehúsa a disfrutar feliz de la comida, sino que se la arrebata a sus compañeros, impide su consumo y la deja pudrir. Para colmo, trata de extraer de los hambrientos jóvenes hasta el último gramo de materia fecal en sus delgados cuerpos.
- Chamicero sufre imbecilidad crónica que le impide inducir que la comida y el vino son más que suficientes para su satisfecha subsistencia (y la de sus compañeros).
- Los softonos parecen haber evolucionado hacia una hemofilia perpetua. Es posible que ser explotados por algún mamífero de poco volumen cerebral mantiene en equilibrio la cadena alimenticia entre el Záncara y el alto Júcar.
Jonás Chamicero: el encuentro final
Ociosos seguidores del soma,
Hace seis días que lo trajimos al sótano del Kremlin y desde entonces no ha dado muestras de cambio en su actitud. Una vez que cerró la celda, Ramón le proporcionó un cuaderno, bolígrafos, un orinal, vino de la coperativa y una sollapa. Poco ha dormido el preso desde entonces, y se dedica a tomar notas torpes y llevarse a la boca de vez en cuando algo de sus propias heces.
Sucedió hace una semana que, en una incursión de vigilancia de la situación en las ya desiertas tierras de Jonás Chamicero, le encontró Ramón tratando de construir un Cienpiés Humano. Tan gravemente avanzaba el experimento que no tardó Ramón en volver a toda prisa al Kremlin y reunirnos a los aparejos, al Saramáguico Mono y a un servidor. Al llegar de nuevo a Softonia pegamos un tiro a cada infeliz joven utilizado en el experimento y servimos sopa caliente a Jonás. Luego de ver el error, los jóvenes ya estaban muertos y se nos ocurrió que era más útil traer a Jonás al Kremlin y encerrarlo que dispararle en la cabeza. Desde entonces lo observamos con tal de averiguar cómo tan estúpido ser ha sido capaz de destrozar un país entero.
Hace seis días que lo trajimos al sótano del Kremlin y desde entonces no ha dado muestras de cambio en su actitud. Una vez que cerró la celda, Ramón le proporcionó un cuaderno, bolígrafos, un orinal, vino de la coperativa y una sollapa. Poco ha dormido el preso desde entonces, y se dedica a tomar notas torpes y llevarse a la boca de vez en cuando algo de sus propias heces.
Sucedió hace una semana que, en una incursión de vigilancia de la situación en las ya desiertas tierras de Jonás Chamicero, le encontró Ramón tratando de construir un Cienpiés Humano. Tan gravemente avanzaba el experimento que no tardó Ramón en volver a toda prisa al Kremlin y reunirnos a los aparejos, al Saramáguico Mono y a un servidor. Al llegar de nuevo a Softonia pegamos un tiro a cada infeliz joven utilizado en el experimento y servimos sopa caliente a Jonás. Luego de ver el error, los jóvenes ya estaban muertos y se nos ocurrió que era más útil traer a Jonás al Kremlin y encerrarlo que dispararle en la cabeza. Desde entonces lo observamos con tal de averiguar cómo tan estúpido ser ha sido capaz de destrozar un país entero.
Jonás tratando de causar problemas, sin éxito.
jueves, 4 de marzo de 2010
lunes, 25 de enero de 2010
El justamente olvidado género epistolar
AVISO: Esta crónica contiene pedanterías, lenguaje pretencioso y un pésimo gusto rococó. No es apto para el consumo humano.
Tras la caída de la reina Softona la mierda inundó un tercio de Softonia durante siete semanas, como rezan unas famosas crónicas de aquel país. Durante el desmierde posterior, sin embargo, uno de los pocos supervivientes comenzó a destacar entre el resto, un tipo al que llamaban Jonás Chamicero. Aprovechando el desconcierto, colocó cuatro estacas formando un rectángulo que abarcaba la mayor parte de la mierda que se obstinaba a derretirse, que no era poca. En algo de tiempo logró que gran parte de los softones, luchadores, trabajaran para él en las viejas canteras de mierda cuyas toneladas del valioso material habían engrandecido el nombre del país. Parece ser, por otra parte, que este caballero no era generoso con sus empleados, que trabajaban mucho, seguido y cobraban poco y en intermitencias. No tardó en llegar a nuestro kremlin otra carta de aquellas regiones, pidiendo ayuda para el pueblo softón, que veía cómo su país, rico en mierdas, no hacía feliz a sus gentes. Como no quería una guerra tan precipitada envié a Ramón para que charlase con aquel pardo caballero que, sabiendo a qué iba mi discípulo, le recibió con una olla de agua hirviendo. El pobre, sorprendido por la extraña bienvenida, montó en cólera y condenó por brujerías al empresario softón a que por su boca salieran las palabras contrarias a las que él pensara. Ramón volvió con una risa que parecía salirle del recto, risueño como las hienas. Nos contó la anécdota y aún reímos, aunque lo mejor llegó pasada otra semana en la que recibí la siguiente carta desde Softonia:
"Estimadísimo Matías:
La idea de enviar a tu discípulo para que charlase en mi casa, que es la vuestra, me pareció de un gusto magnífico y harto oportuna. Imagino que el educado y hermoso joven te comentaría mi alegría al conocer su llegada y mis deseos de que tales visitas aumenten, pues valoramos enormemente la opinión que terceros tienen sobre la gestión de nuestra empresa.
En verdad te digo que lo que se haga en este negocio es asunto del pueblo y no permitiré que nadie se quede sin conocer ni un solo detalle sobre la gerencia, especialmente en el terreno económico.
En cuanto a la opinión que mis empleados te comunicaron, tengo que decir que ese excelente grupo humano, altamente cualificado y de profundos conocimientos de sus respectivas labores, posee toda mi atención, así que sus exigencias serán satisfechas ipso facto. Piense usted que, como bien es sabido, mis cuentas corrientes se encuentran en la más obscena de las abundancias, por lo que no tendré reparos en compartirlas con el resto de la familia que compone mis negocios.
Sobre usted, por otra parte, tengo que decir que es para mí la persona cuya opinión más aprecio. Usted se ha ganado todo mi respeto y su intención de aconsejarme sobre mi gestión me ha llenado de júbilo. Por ello, deseo con todas mis fuerzas que el tráfico de su ciudad le respete en todo momento, si bien puedo enviar con un chasquido a tres de mis hombres para que mejoren su estado físico actual. La próxima vez que tenga noticias de usted yo mismo le abrazaré y besaré con todas mis fuerzas. Es usted un hermano.
Un fortísimo abrazo,
J. Ch."
Cuando por fin contuvimos las risas, redactamos entre Ramón y yo la respuesta:
"Estimadísimo y admirado Jonás,
Su carta no nos sorprendió lo más mínimo. Sin embargo, déjeme decirle que pienso escribirle en un tono similar al suyo, pues me es del todo posible igualarlo. Tras leer su opinión sobre mí y, considerando el trato humano que da usted a sus compatriotas, sólo puedo decirle que me parece su persona todo un ejemplo para la sociedad, un modelo a imitar como benefactor que no ha hecho sino mejorar las condiciones familiares de todos y cada uno de sus empleados sin reparar en ningún momento por su propio interés. Es admirable que, teniendo tan poco, pues estoy seguro de que sus cuentas no son tan abultadas como dice, sea tan generoso con su personal.
Bendigo mil veces el día en que su Señora Madre, mujer de férrea monogamia y excelente estado físico, le concibió a usted para luego honrar al mundo con su nacimiento. Dado el virtuoso hombre al que educó, sólo puedo decir que ojalá quede usted alejado lo más posible de las cunetas de las carreteras secundarias, no vea nunca su persona ningún buitre, salamandra, escorpión o rata, y viva usted por muchos años. Sin embargo, si por un casual algo terrible le sucediera, me alejaré tanto como pueda de la insípida botella de Chivas Regal que guardo en el vestíbulo para razones que en nada tienen que ver con su fallecimiento, llorando en silencio y soledad su definitiva marcha.
Estoy seguro de que, en lo sucesivo, le irá a usted muy bien. No deseo, sin embargo, noticia de ello. Su hermano,
M. Parts"
La carta cayó al buzón y allí se quedó, riéndose. Nosotros, también con pícara sonrisa, decidimos dejar de lado las desventuras de aquella desgraciada tierra de Softonia. No puede uno abarcar tanto.
jueves, 14 de enero de 2010
"Rescue me From This Hollywood Life"
Las cuatro de la tarde, copa de oporto y las suaves melodías de Ktulu, cuando el Saramáguico mono irrumpió en este mediocre éxtasis con una hedionda carta. Abierto el sobre, contenía éste un escrito de la Reina Softona en la que rogaba una visita para pedirme consejo. Softona es, para quién no lo sepa, la señora del Reino de Softonia, visible desde el segundo piso del Kremlin. No teniendo nada que hacer esa tarde, fuimos Ramón, el monete y yo a socorrer a su majestad, pues el tono de la carta no tranquilizaba lo más mínimo.
Tras una larga travesía de cuarenta y cinco minutos divisamos el palacio de la Reina, pardo entre tierras pardas que debían de ser fértiles incluso hartas de sal. La residencia real era un majestuoso edificio de color marrón que se alzaba entre el sobrio paisaje softón. Sobre el ancho cuerpo de tres plantas crecía una esbelta torre ocre como nuestras botas y el olor de la nación era distinto al de cualquier otra, de una personalidad llamativa y envolvente. Al alcanzar la entrada se abrieron los portones, marrones y de un tosco tallaje, aunque recias y contundentes. Del corto vestíbulo se alargaba un pasillo alfombrado de un delicadísimo terciopelo de la más fina mierda, con cenefas a ambos lados que representaban algunas famosas mierdas de la historia del país. A los lados del pasaje, como severas esfinges, pilares levantados con robustos bloques de mierda pura, procedentes sin duda de las conocidas canteras de mierda del norte de Softonia. La base de los mismos tenía el tallaje de Mierdón, un dios de la mitología softona que, según se cuenta, repartía mierda entre sus devotos y muchísima más mierda entre los paganos. De la bóveda colgaban, por contra, barrocas y anchas lámparas en cono inverso elaboradas con la mierda más marrón de la capital. Al final del pasillo, presidiendo el espacio, sobre tres escalones se hallaba el trono de la Reina, de una mierda tan fresca que su brillo oscurecía la delicadeza de las lámparas. Desde él nos miraba llegar sedente su majestad, vestida con codiciadas mierdas nacionales. Su túnica, de mierda de buey, aún contenía hebras de heno que los jugos del animal no habían sido capaces de rozar. Sus babuchas se componían de las durezas que sólo los más poderosos canes podían llegar a defecar. Al mirarlas se adivinaba cómo los dedos habían moldeado la mierda produciendo tal magnífico calzado. Por último, la corona se componía de diminutas mierdas de oveja en un aro, más alto sobre la frente que en la nuca.
-Gracias a Mierdón que habéis acudido a mi llamada. No tengo a nadie mejor a quién recurrir -dijo nuestra anfitriona para recibirnos-. Por favor, acomodáos y aceptad este humilde ágape -y señaló a una mesa construida con robustos bloques de mierda. Sobre ella, tres copas ofrecían una mierda líquida, aún humeante, de un color exquisito y galletas de mierda con pequeños y frágiles trozos de lo que parecía mierda antigua. El mono, pese a haber gozado en el pasado de similares invitaciones, no pudo más que apoyar una vez más sus manitas sobre la alfombra y vomitar arqueado entre violentas convulsiones.
-Su majestad, es para nosotros un honor -continué-. Pero, ¿cómo podemos asistir a vuestra excelentísima figura?
-¡Oh, Matías! Sólo tú puedes tener la respuesta. Has educado con vara de hierro a un indolente joven que encontraste un día en un teatro y a un mono nacido en la casa de un comunista. ¿Qué otra persona, si no, podría aconsejarme?
-Disculpe -interrumpió Ramón, que se movía nervioso-. ¿Sería su majestad tan amable de indicarme dónde está el servicio?
Mi mano voló inmediatamente hacia la cabeza de Ramón, estrellándose sonoramente en su nuca.
-Dígame pues, majestad, qué es lo que la perturba.
-Verás, Matías: soy la soberana de este magnífico y exclusivo reino, sin parangón en el mundo entero. Sin embargo, por más súbditos que moldeo con mis propias manos, ninguno atiende a mis órdenes. Incluso yo he confeccionado las lámparas que ahora nos iluminan. Soy la única habitante de este reino y la más ignorada de todas las realezas. ¿Qué hago mal, oh, Matías?
-Verá, su majestad: es que su majestad... -y vacilé-. Su majestad... es que puede que su majestad en realidad no sea una reina... sino...
-¡Matías! ¿Cómo que no soy una reina? Y, si no soy una reina, ¿qué iba a ser entonces?
...
Después de la carrera pudimos volvernos hacia el palacio, ya a unos cuatrocientos o quinientos metros. Las dos alas del edificio apenas levantaban ahora metro y medio del suelo, y la torre caía poco a poco. Mi respuesta había provocado tal disgusto en la reina que sus lágrimas, saliendo a más de treinta y seis grados de sus ojos, manaron en tal cantidad que subieron precipitadamente la temperatura de la estancia. Fue el caso que, estando el palacio construido con mierda y sólo mierda, comenzó a derretirse. Ramón aún tenía necesidad de ir al servicio, pero pronto estuvimos en casa: un Kremlin con ladrillos de La Puebla cuyo único olor era el del excelente queso de El Bonillo que a veces se asomaba desde el sótano.
jueves, 17 de diciembre de 2009
El desvirgamiento de Ramón
Terminada la romería de Sotuélamos, celebrada en el Kremlin con silencioso respeto, pensé que era el momento de comenzar la formación de Ramón. Sin peinar (sin peinar él, se entiende) me lo llevé al rectorado, el mono sobre mis hombros, para matricularlo en Relaciones Laborales, que son las que nos interesan aquí. Tengo que decir que nada ha cambiado desde mis días como estudiante de Ciencias de la Información.
Medianoche en el campus. Luminosos colores sobre el rectorado. Tras las puertas: la larga barra, el mismo camarero -más canoso- secando un vaso, jazz lento de fondo, hombres de camisa esparcidos y, cómo no, el resto de la compañía.
-Siéntate aquí, Ramón, en mi rincón.
-¿Qué va a ser?
-Para el muchacho lo que pida. Para el mono un banana-split. Para mí Lloni Uoquer con esprai y tres hielos.
-Yo quiero chivas, don Matías.
-Chivas, Llonigüolqueresprai y bananasplí.
Jazz lento. Sin embargo, la función empezó al par de minutos. Una de las jóvenes se acercó: vertido rojo corto y ceñido, medias grises, el tanga perceptible a través de la ropa, poco pecho.
-Hola guapos. ¿Qué, muchachote? ¿Te apetece pasar un buen rato?
Yo animé Ramón en susurros:
-Vamos, no te dé vergüenza. Pero ya sabes a qué venimos.
-Hola… cielo. Sí.
-A lo mejor yo puedo hacerte pasar un buen rato. ¿Qué me dices, guapo? –la joven tenía, no obstante, un descaro forzado.
-A lo mejor…
-¿Te apetece una Ingeniería Técnica Industrial, cariño? Pareces un muchacho muy fuerte y varonil.
-Eh… -Ramón estaba nervioso, pero no era algo que pudiera evitar.
-Vamos Ramón, las cosas claras. A lo que hemos venido. Además, no pienso dejar tanto dinero a este hatajo de chulos y de busconas –le dije otra vez en susurros.
-No… Lo siento… Eres muy guapa y eso… pero es que no es lo que…
-No te preocupes, mi amor. ¿Y qué es lo que te gusta hacer con esas manos tan fuertes?
Qué manera de pronunciar las erres que tenía esta doctora. Era joven y guapa, pero se notaba que llevaba poco en la profesión.
-Eh… Me gustan las Relaciones Laborales… Sí… Las Relaciones Laborales…
-No te preocupes cariño. Yo sé cómo ayudarte –y se lo llevó de la mano a una mesa, donde fumaban dos doctoras más. La que parecía mayor, sin embargo, no aparentaba más de treinta y tantos o cuarenta. La chica de rojo los presentó y se marchó. Ramón se sentó y recibió un cigarro de su nueva anfitriona y la copa de Chivas que el camarero le llevó a la mesa. Me miró y le guiñé un ojo. Vi entonces que pedía algo más al camarero, que volvió enseguida con dos copas más. El mono no hacía caso, entretenido con su bazofia amarilla azucarada, mientras que, al poco, Ramón se marchó con su nueva amiga. Pese a los nervios, estaría diplomado en menos de una hora.
-Caballero, tenga usted muy buenas noches –me sorprendió una voz grave de mujer.
-Muchas gracias. Y usted.
-Oh, de tú mejor. Me llamo Kath.
-Claro. Yo Matías. Él es el Saramáguico mono. ¿Te apetece tomar algo?
-Muchas gracias. Un agua con gas, por favor… Pareces un tipo con experiencia. ¿Has probado alguna vez la Logopedia?
-Pse… -dudé-. Me resulta extraño, ¿sabes?
-Ya veo. Creo que tú y yo, Matías, tenemos una larga conversación por delante…
Y así fue cómo Relaciones Laborales no fue la única diplomatura impartida aquella noche.
Medianoche en el campus. Luminosos colores sobre el rectorado. Tras las puertas: la larga barra, el mismo camarero -más canoso- secando un vaso, jazz lento de fondo, hombres de camisa esparcidos y, cómo no, el resto de la compañía.
-Siéntate aquí, Ramón, en mi rincón.
-¿Qué va a ser?
-Para el muchacho lo que pida. Para el mono un banana-split. Para mí Lloni Uoquer con esprai y tres hielos.
-Yo quiero chivas, don Matías.
-Chivas, Llonigüolqueresprai y bananasplí.
Jazz lento. Sin embargo, la función empezó al par de minutos. Una de las jóvenes se acercó: vertido rojo corto y ceñido, medias grises, el tanga perceptible a través de la ropa, poco pecho.
-Hola guapos. ¿Qué, muchachote? ¿Te apetece pasar un buen rato?
Yo animé Ramón en susurros:
-Vamos, no te dé vergüenza. Pero ya sabes a qué venimos.
-Hola… cielo. Sí.
-A lo mejor yo puedo hacerte pasar un buen rato. ¿Qué me dices, guapo? –la joven tenía, no obstante, un descaro forzado.
-A lo mejor…
-¿Te apetece una Ingeniería Técnica Industrial, cariño? Pareces un muchacho muy fuerte y varonil.
-Eh… -Ramón estaba nervioso, pero no era algo que pudiera evitar.
-Vamos Ramón, las cosas claras. A lo que hemos venido. Además, no pienso dejar tanto dinero a este hatajo de chulos y de busconas –le dije otra vez en susurros.
-No… Lo siento… Eres muy guapa y eso… pero es que no es lo que…
-No te preocupes, mi amor. ¿Y qué es lo que te gusta hacer con esas manos tan fuertes?
Qué manera de pronunciar las erres que tenía esta doctora. Era joven y guapa, pero se notaba que llevaba poco en la profesión.
-Eh… Me gustan las Relaciones Laborales… Sí… Las Relaciones Laborales…
-No te preocupes cariño. Yo sé cómo ayudarte –y se lo llevó de la mano a una mesa, donde fumaban dos doctoras más. La que parecía mayor, sin embargo, no aparentaba más de treinta y tantos o cuarenta. La chica de rojo los presentó y se marchó. Ramón se sentó y recibió un cigarro de su nueva anfitriona y la copa de Chivas que el camarero le llevó a la mesa. Me miró y le guiñé un ojo. Vi entonces que pedía algo más al camarero, que volvió enseguida con dos copas más. El mono no hacía caso, entretenido con su bazofia amarilla azucarada, mientras que, al poco, Ramón se marchó con su nueva amiga. Pese a los nervios, estaría diplomado en menos de una hora.
-Caballero, tenga usted muy buenas noches –me sorprendió una voz grave de mujer.
-Muchas gracias. Y usted.
-Oh, de tú mejor. Me llamo Kath.
-Claro. Yo Matías. Él es el Saramáguico mono. ¿Te apetece tomar algo?
-Muchas gracias. Un agua con gas, por favor… Pareces un tipo con experiencia. ¿Has probado alguna vez la Logopedia?
-Pse… -dudé-. Me resulta extraño, ¿sabes?
-Ya veo. Creo que tú y yo, Matías, tenemos una larga conversación por delante…
Y así fue cómo Relaciones Laborales no fue la única diplomatura impartida aquella noche.
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