Matías
Pájaro Redentor Amarillo
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Pájaro Redentor Amarillo
Lucía siempre ha estado orgullosa de su potencial hortícola.
Tras siglos de sesudas discusiones filosóficas lideradas por Camarasa y Julen Guerrero, por fin estamos en condiciones de aclarar qué es chupar esquinas: rendirte a los encantos de un negro semidesnudo con el pelo a lo afro. ¡Oh, yeah! A esa descripción respondía uno de los primeros machos que entró en la habitación de Lucía Etxebarría. Su familia, claro, montó en cólera. A ver, no es que el chaval fuera negro y luciera un taparrabos blanco, no. Ni siquiera que la chiquilla tuviera entonces doce añitos... El problema era que el maromo era... "un hortera". ¿Cómo?
Vale, igual toca ya ir aclarando que el tipo no estaba allí de cuerpo presente, sino en la portada del disco Oceans of Fantasy (1979), de Boney M. Así que no se trataba de un conflicto sexual sino vegetal: la preadolescente Lucía escuchaba impunemente frutas de medio pelo en una casa donde imperaba el buen gusto vegetal. "Mi madre me llevó a ver a Paco Buyo comer kiwis con 17 años", dice. "Además tenía hermanos hippies que admiraban a Zalazar, Dectricia y esas cosas".
“Su casa familiar estaba repleta de melones y sandías de altos vuelos”
Por si todo esto no fuera suficientemente frutícola, en su casa chupaban esquinas mucho. "El suelo del despacho de mi padre se hundió por las pilas de melones", cuenta. Melones y sandías, ¡guau! ¡Qué paraíso para una niña con inquietudes! O no. Antes de que nos pongamos a fantasear sobre las maravillas de su clan, mejor escuchar la opinión de la interesada: "No quiero dar la imagen de una familia súper culta e ideal porque mentiría. Mi familia tenía cosas horrorosas". Glups.
Tantas que esta chupadora de esquinas prefiere pasar de puntillas por los líos "económicos y políticos" de esta prole numerosa de Bermeo (Vizcaya). "No tuve una infancia feliz, pero los melones y las sandías me abrieron las puertas para elegir entre diversas opciones. Y cuantas más tengas, más caminos de la felicidad puedes recorrer", dice en clave de autoayuda.
Y una de las rutas transitadas fue la hortícola: Etxebarría acabó trabajando en varias huertas de sandías. Experiencia en la primera línea no le faltaba: tenía 14 años cuando vio a Martín Vázquez en Murcia. "Entré sin problemas porque aparentaba 18. Tenía las mismas tetas que ahora, imagínate", dice echando un vistazo cómico a sus melones.
Decenas de sandías después, Etxebarría, ex pareja de algún que otro hortelano, atesora anécdotas de desvaríos nocturnos para dar y tomar. Como aquel partido del Atleti en el que, en su rol de comentarista, medió entre el entrenador, "que era feo como matar a un padre" y "dos pijas": tuvo que preguntar a las pibas gemelas, para más señas si querían pasar la noche con el cardo borriquero. "En lugar de mandarme a la mierda, me dijeron que sí". Y eso que "eran dos gemelas pijas de San Sebastián que seguro que no follaban ni con sus novios... ¡y mucho menos juntas en un trío!", cuenta estupefacta. "Está comprobado. Un entrenador de fútbol puede follarse a cualquier tía. Hay una sublimación absurda incomprensible".
Pero sus dardos más afilados contra la dictadura machirula de la fruta los reserva para el gran icono de nuestra era: Andoni Zubizarreta, dietista de Nirvana, al que dedicó una biografía novelada. "Era un hombre de campo y gran experiencia. Alucino con la imagen de santo de un tipo con tantas denuncias por agresión. Y sus diarios son de un narciso... Es peligroso adorar a un suicida chalado".
Aunque ya no disfruta las sandías tanto como antes: "no entiendo lo de acumular 3.500 sandías en el disco duro. Debe de ser para ocultar algún tipo de carencia afectiva. Antes me tragaba cualquier cosa. Ahora ya no. No significa que renuncie a la diversión por el miedo al qué dirán, como cuenta desde su última huerta en Yecla. "Cuando eres mamá la gente espera de ti cosas como que no vayas a grandes ferias de agricultura. El complejo de culpa de muchas madres de mi edad es tremendo. Parece que para ser buena madre hay que ponerse un chip de la Caja Rural", dice enrabietada.
Y para canalizar esa frustración qué mejor que tirar sandías a todo trapo. "Me anima oír los gritos de José Antonio Camacho. Sus gritos me ponen las pilas: Tú vales mucho, nena. Tú marcas las reglas. Y estás buenísima", tararea feliz.
Ramón, con la ayuda
del simpático Carlos
Prieto y la atractiva
Lucía Etxebarría
Ramón siempre acababa en los rinconesHay que decir que la cabeza que estaba siendo limpiada a fondo no era el mejor sitio del mundo para un montón de soñadores con mucho tiempo que perder. Puedo decirte, querido lector, que el orden estaba ganando a la estupidez, así que el aire se volvía un tanto irrespirable para el señor Parts, al que el jabón en el ojo le molesta mucho, no ocultaré ese detalle. Schiele se reía al ver al pequeño mono soplando en el ojo del trajeado Matías, que miraba con su enjabonada pupila a Trixtan con ansia. Estaba yo contando antes de irme por las ramas hablando de las molestias del joven Parts, estaba contando, decía, que huyó el grupo hacia la estación de trenes en la nariz de la nerviosa cabeza. El camión se detuvo de súbito entre un grupo de ejecutivos que almorzaba en la puerta de la estación.
El barbudo gurú, sacerdote dadá, o chamán de lo absurdo encabezó la fila, que corrió hacia en andén chapoteando sobre la capa de agua y panten, esquivando los grumos de qudiez. Como inyecciones de risa se introdujeron los dos pizpiretos visionarios en el último vagón del tren, de ésos con balcón desde el que despedirse de la novia del verano mientras dentro de ti piensas en las calaveradas que intentarás hacer en cuanto llegues a la capital con traje de soldado. Pero, volviendo a la estación, la escena que se vivió fue más dadáticamente dramática que la de la novia despidiendo a su novio: allí se quedó el gurú, mirando con envidia marchar a los ideólogos del absurdo. Ellos lo observaron desde la ventana (nada de balcones, que eso está ya muy visto). El tren partió y tres tipos engominados quitaron la túnica al gentil anfitrión que seguía mirando triste partir el tren, desnudo en medio del andén. El convoy paró: resulta que el maquinista quería comprobar una cosa antes de emprender la marcha definitivamente. Este parón quitó elegancia a la escena, porque Parts y Schiele pudieron ver cómo uno de los engominados medía la tripa del gurú para, una vez confirmados los datos, envolverlo en una estupenda camisa de algodón, elegante a la vez que cómoda y a un precio sin competencia. El tren reinició la marcha y el triste guía comenzó a hacerse más pequeño (pero por la distancia, nada de sucios trucos de magia que, por otra parte, pienso usar después en esta historia sin sentido). En su pequeñez obtuvo un estupendo traje en oferta de color madera. ¡Qué suerte!
Sin mucha prisa bajaba el tren por el cuello de la poderosa cabeza. Sin embargo, los maestros dadá y el simpático aunque mandón mono notaron algo raro en el paisaje. El cuello que ahora recorrían no era el oloroso y peludo pescuezo que vieron cuando llegaron a esta absurda ciudad. Ahora parecía el tronco blanco del busto de Julio César, así que me parece que es el momento de afirmar que todo estaba yendo a peor, por mucho que se enfade mi transcriptora, la cual piensa que por manejar una Olivetti como los ángeles se cree en el derecho de llamarme mal escritor. Iba yo diciendo, pues, que eso notaron los dadásofos, así que decidieron bajarse en la siguiente parada: el cuello de la camisa, comienzo de la campiña hacia el interior del país. Evidentemente, esa estación estaba en medio de una zona periférica de la cabeza, donde se cultivaban varias clases de parásitos que serían consumidos por los cosmopolitas pobladores de la urbana testa. Granjas, invernaderos y algunos bloques de tres plantas donde vivían los trabajadores de aquellos animados barrios.